sábado, 25 de septiembre de 2010

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Cecilia

Nuestro nuevo apartamento estaba situado en el centro de Valencia. Era una finca de lujo cerca del Ayuntamiento y que hacía esquina con el edificio de Correos. Llegamos allí en taxi desde el aeropuerto, el pobre taxista se las vio canutas para meter las maletas en el maletero.
Mi madre sacó las llaves de su bolso y abrió la puerta principal, el portero que se encontraba dentro nos dio la bienvenida. En su placa decía que se llamaba Vicente.

-Hola, Bienvenidos al edificio Golden de Valencia, ¿Necesitan ayuda con las maletas?

-Si por favor, nos vendría genial. - dijo mi padre.

-Sabe, no son los únicos, hace un par de semanas se mudó aquí un muchacho, al 4º piso, apartamento número 8. Pero no se preocupen. Ahora mismo en el edificio solo está el chico. Nadie se queda en estas épocas del año.

No sabía porqué el portero nos estaba dando tanta información, aunque era de esperar que su profesión le permitiese ser tan cotilla. Eran casi las 10 de la noche y a mi me sorprendía que el portero aún estuviese despierto. Probablemente me acostumbraría bastante pronto.
Justo en ese momento a mi madre le llamaron al móvil anunciando que la empresa de transportes estaba a punto de llegar a su destino lo que significaba que esta noche no tendríamos que dormir en colchonetas hinchables. Era bueno que no hubiese nadie sino habríamos despertado a medio vecindario con el ruido.
El portero nos ayudó a subir las maletas en el ascensor hasta el 5º piso, por lo que hicimos numerables viajes. Nuestro apartamento era el número 10.
En cuanto mi madre metió la llave, nos encontramos una estancia que daba paso a un gigantesco salón en el que presidían unos grandes ventanales que dejaban ver gran parte de la cuidad. Dentro del salón y unido estaba lo que sería el comedor. Al otro lado, estaba la cocina. Una bancada enorme recorría aquella habitación. Era tan impresionante que parecía sacada de una revista de decoración. Ni siquiera en la antigua casa habíamos tenido semejantes fogones. En el centro del salón, pero un poco apartado en la esquina, había una moderna escalera de caracol que conducía al piso superior. Mi madre me dijo que subiese para que me fuese instalando.

Subí las escaleras y busqué mi habitación. El piso de arriba era de lo más completo. Estaba dividido en tres habitaciones y un baño. Una de las habitaciones puesto que era muy grande sería utilizada como despacho para mis padres.
Fui cotilleando ambas habitaciones pero las dos eran iguales y no sabía cuál escoger.

-¡Mamá! ¡Las dos habitaciones son casi iguales! ¿Cuál cojo? - grité hacia el salón.

Mi madre subió al instante con varias cajas en la mano.

-Cariño, elige la que quieras. Estas cajas son tuyas. Papá está abajo con el portero y los camiones de transporte. - mi madre dejó las cajas en la habitación que señalé. - Será mejor que te duches, los de la mudanza se encargarán de todo, no te preocupes, ¿Ok? En menos de una hora estará todo más o menos colocado- mi madre me besó en la frente y se fue.

Me quedé sola en mi nueva habitación. Era un cuarto bastante grande, nada más entrar estaban los escusados y luego la habitación. El tejado estaba inclinado ya que era un ático. No me había dado cuenta al escoger la habitación, pero ésta tenía un balcón, aunque suponía que la otra también. Había una llave puesta en la puerta que daba hacia fuera a si que lo abrí y salí. La vista era preciosa, se veía toda Valencia desde allí. La ciudad irradiaba luz y vitalidad incluso de noche. Siempre me había gustado estar en la tierra de mi madre. Aunque yo no fuese valenciana de pura cepa me sentía parte de ella. El viento agitaba mi cabello e incluso me entró un escalofrío.
Volví a entrar en mi habitación y cerré con llave tras de mi. Saqué de mi maleta el champú y el gel y me dirigí hacia el cuarto de baño para disfrutar de una merecida ducha.

Paolo

Paolo no paraba de oír ruidos arriba y abajo, se preguntaba a que se debía tanto alboroto. Estaba tumbado en su cama leyendo una revista de coches. A pesar de tener una casa enorme para sí mismo, le gustaba estar la mayoría del tiempo metido en su habitación. Estaba en pijama pero no le importó salir al rellano para preguntarle a Vicente lo que estaba pasando.
Nada más salir, se encontró por lo menos a seis o siete hombres subiendo cajas y muebles al piso superior.

<< ¿A comprado alguien el piso de arriba? >> se preguntó Paolo.

Entre los hombres logró ver al portero.

-Vicente, ¿Por qué hay tanto escándalo? ¿Se han mudado a la 5ª planta? - preguntó al portero señalando hacia arriba con el dedo.

-Si, es una familia, y tienen una hija de su edad aproximadamente. - explicó el portero ansioso por tener la exclusiva.

¿Una chica de su edad? Paolo se preguntaba como sería: guapa, simpática, extrovertida, tímida... Se le encendió la bombilla de repente. Sería una buena idea si él se presentaba en casa de ellos para darles la bienvenida a la finca. Eso es lo que haría. Aunque era muy tarde solo les robaría unos 5 minutos de su tiempo.

Le dio las gracias a Vicente por la información y se volvió a meter en su casa. Se fue corriendo a su cuarto, cerró la puerta de un manotazo y abrió el armario. ¿Qué podía ponerse para impresionar a una chica? Él siempre había sido coqueto pero en ese momento su mente se quedó en blanco. Optó por ponerse los vaqueros y sus zapatillas favoritas y eligió un polo verde de manga corta. Fue hacia el baño, se arregló un poco el pelo con gomina y se puso colonia, 'One Million' de Paco Rabanne.
Salió de su casa seguro de sí mismo. Subió las escaleras sorteando hombres y llegó hasta el apartamento número 10.
La madre de Cecilia estaba en el vestíbulo hablando con uno de los de la mudanza. Paolo esperó a que ella acabase de hablar con él y luego se acercó a ella.

-¿Disculpe? ¿Son ustedes los nuevos vecinos? Me llamo Paolo, vivo en el piso de arriba. Solo venía para presentarme y darle la bienvenida a la finca. Si necesita algo ya sabe donde estoy. - Paolo soltó un discurso de bienvenida muy raro en él.
Sabía que no era así y no sabía por qué se estaba comportando de tal manera, ser tan amable con gente que ni siquiera conocía.

-Hola, encantada. Yo soy Amanda. Siento mucho el escándalo que estamos haciendo, pero muchas gracias por la bienvenida. Le presentaría a mi marido pero creo que está abajo con los hombres de la mudanza.

-No se preocupe, puedo volver mañana. - dijo Paolo amablemente.

El hombre con el que Amanda estaba hablando anteriormente volvió porque al parecer había un atasco en la escalera. Amanda fue para ver que pasaba.

-Encantada de conocerte Paolo. ¡Oh! Mi hija Cecilia está arriba en su cuarto. ¡Sube y la conoces anda! - gritó mientras se alejaba con ese hombre para evaluar el suceso.

<< Cecilia. Ya solo el nombre me gusta >> Paolo sonrió y subió las escaleras alegre de haber comprado ese piso unas semanas antes.

Cecilia


Encendí el termo para el agua caliente y abrí el grifo de la bañera para que ésta fluyese. Me metí dentro de la ducha que aún no tenía mampara y empecé a enjabonarme intentando no hacer un desastre en el baño.
Me relajé completamente. Tantas horas de viaje me habían dejado sin energía, siempre se me daban bien los viajes pero esta vez agoté todas mis fuerzas.
Bajo los estimulantes chorros de la ducha todo parecía más fácil. En Septiembre empezaría mis clases en la Universidad de Bellas Artes y seguro que haría nuevas amistades, por lo menos ya no estaría deprimida sin mis amigas de Los Ángeles. Quizás incluso podría conocer a algún chico guapo...

Escuché un mamporrazo en la puerta y casi me resbalo de la ducha. Abrí los ojos rápidamente pero a la vez con cuidado de que no se me metiese jabón en ellos. Los ojos de un chico extraño se posaban sobre mi cuerpo desnudo y empapado.

-¡AAAHHH! - grité y grité hasta que el extraño con cara de asustado salió despavorido del cuarto de baño.

Yo sin dar crédito a lo que acababa de pasar salí de la ducha y me enrollé la toalla alrededor del cuerpo para salir y saber quien era esa persona.
Abrí la puerta y me lo encontré en la habitación dando vueltas sin saber que hacer. Se tocaba el pelo, se lo dejaba de tocar, luego las manos, la cara... se notaba que estaba nervioso por el encontronazo pero, ¿Por qué seguía allí? Yo personalmente me moriría de vergüenza y saldría corriendo.

-¿Pero se puede saber quién eres tú y qué hacías en MI cuarto de baño? - enfaticé la palabra “mi”.

-Yo...lo siento mucho. Por favor no digas nada a nadie o daré una mala primera impresión. Te juro que no quería mirar...tu madre me dijo que estabas en tu habitación y sólo quería presentarme. - explicó el apuesto joven.

Al mirarle a la cara me pude fijar que tenía unos ojos preciosos, eran azul verdosos. Sus facciones eran perfectas y varoniles, ni una espinilla y sus labios eran los más carnosos que había visto nunca dejando asomar una graciosa peca al borde de su comisura.

-¡¿Pero para que entras en el baño?! - grité indignada.

El chico parece que se ofendió. Lo que me faltaba, yo si que debía de estar ofendida, no él.

-Mira...ya te he dicho que lo siento. No puedo hacer que el tiempo vaya para atrás, ¿Me entiendes? - el chico se largó en cuanto dijo eso pasando por mi lado como un huracán.

Yo me quedé parada sin saber que hacer. Había metido la pata. Si que era verdad que él había entrado sin llamar...pero se había disculpado y yo lo único que había hecho fue gritarle. La verdad es que siempre la cagaba con los chicos. Nunca sabía como ligar o como gustarles. Era demasiado sosa para ellos y poco “atrevida” como me decían mis amigas. Ahora me tocaría vestirme, bajar y disculparme por mi comportamiento infantil e inmaduro.

-¡Espera! - grité. - No me has dicho tu nombre.

Paolo

Esa chica. Lo único que esperaba era que se arrastrase hasta su piso para pedirle disculpas. ¿Quién se habría creído que era? ¡Ni que la hubiese intentado violar! Semejante pensamiento dio a Paolo retortijones en la barriga. Nunca le había pasado eso con una chica...pero, ¿Por qué seguía pensando en ella? Ahora mismo debería de estar pensando en Claudia, la chica que conoció en la fiesta de la semana pasada. Esa chica si que era impresionante, no como...como...Cecilia. ¡No! Ella volvía a meterse en su cabeza y la había visto solo durante un minuto.

<< ¡Basta Paolo, deja de pensar en ella! >>

Su conciencia no le hacía caso. Él solo podía pensar en su cuerpo desnudo. Simplemente había visto belleza y no un simple cuerpo que te puedes trincar y a otra cosa mariposa...había visto a una persona de carne y hueso. Sus curvas tan exuberantes y el contraste de su piel con el agua le producía...placer.

Paolo llegó a su casa y le dio un portazo a la puerta que debió retumbar en todo el edificio. Su carácter le había vuelto a pasar una mala jugada. ¿Y si debía de ir él a disculparse? No...tenía que venir ella...pero, parecía tan frágil, ella parecía el corzo y él el cazador.

Ahora solo Cecilia ocupaba los pensamientos de Paolo.

¿Y si me estoy volviendo loco? ¡Pero si la acabo de conocer! ¡Ni siquiera sé como es! Dios mío...tanto comerse los sesos por una mujer le estaba dando hambre.

Paolo no tenía sueño y se fue hacia la despensa para coger un paquete de galletas TUC. Empezó a devorarlas como un poseso. Cogió de la nevera un 'Dan-up' y se sentó en el sofá casi abatido. Alcanzó el mando de la mesita auxiliar y encendió la televisión. Todo lo que hacían eran programas del corazón y series cutres no comerciales sin argumento alguno. Optó por ponerse una película y así al menos estaría un poco entretenido.
Saltó del sofá y se fue hasta la estantería donde tenía los DVD's ordenados alfabéticamente.
Ninguna de las que tenía le convencía, no al menos hasta que llegó a la 'E'.
<< El diario de Noa >>
Era una de las películas favoritas de Paolo. Le recordaba a aquel verano que viajó a Roma con sus padres y conoció a Alessandra...la única chica que le había robado el corazón...pero ellos eran unos críos de dieciséis años y solo fue un verano, uno de los mejores de su vida. Aunque Paolo tenía imagen de tipo duro, en realidad era un chico bastante sensible y romántico, aunque a él no le gustaba que la gente lo supiera...y mucho menos las chicas.

Abrió el DVD y metió el CD dentro del reproductor de discos. La película comenzó y a Paolo ya le entraba la llorera. Era tan intensa...que le hacía mucho recordar a...

El timbré sonó y Paolo la paró molesto para ver quien estaba en la puerta. Al abrir vio a Cecilia, ahora vestida y arreglada con unos vaqueros cortos y una camiseta negra de tirantes.

-Hola...lo siento por lo de antes...es que fue muy brusco y...

Paolo le cerró la puerta en las narices. No le apetecía hablar con ella, o simplemente le estaba haciendo rabiar...¿Por qué se comportaba así? Solo recordaba ese comportamiento cuando tuvo 16 años y estuvo en Roma.

1 comentario:

  1. ¡LOL! Le ha cerrado la puerta en las narices. ¡Que fuerte! ò.ó

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